lunes, 11 de marzo de 2013

Donoso Cortés sobre el Papado

"El pontífice es rey á un mismo tiempo por derecho divino y por derecho humano: el derecho divino resplandece principalmente en la institucion; el derecho humano se manifiesta principalmente en la designacion de la persona; y la persona designada para pontífice por los hombres, es instituido pontífice por Dios; así como reune la sancion humana y la divina, junta en uno tambien las ventajas de las monarquías electivas y las de las hereditarias.

De las unas tiene la popularidad, de las otras la inviolabilidad y el prestigio: á semejanza de las primeras, la monarquía pontifical está limitada por todas partes; á semejanza de las segundas, las limitaciones que tiene no la vienen de fuera, sino de dentro, ni de la ajena voluntad, sino de la propia.

El fundamento de sus limitaciones está en su caridad ardiente, en su prodigiosa humildad, y en su prudencia infinita.

¿Qué monarquía es esta en la que el rey, siendo elegido, es venerado, y en la que, pudiendo ser reyes todos, está en pié eternamente, sin que sean parte para derribarla por tierra ni las guerras domésticas ni las discordias civiles?

¿Qué monarquía es esta en la que el rey elige á los electores que luego eligen al rey, siendo todos elegidos y todos electores?

¿Quién no ve aquí un alto y escondido misterio: la unidad engendrando perpetuamente la variedad, y la variedad constituyendo su unidad perpetuamente? 

¿Quién no ve aquí representada la universal confluencia de todas las cosas? 

Y ¿quién no advierte que esa extraña monarquía es la representacion de aquel que, siendo verdadero Dios y verdadero hombre, es divinidad y humanidad, unidad y variedad juntas en uno?

La ley oculta que preside á la generacion de lo uno y de lo vario, debe de ser la más alta, la más universal, la más excelente y la más misteriosa de todas, como quiera que Dios ha sujetado á ella todas las cosas, las humanas como las divinas, las creadas como las increadas, las visibles como las invisibles. 

Siendo una en su esencia, es infinita en sus manifestaciones: todo lo que existe parece que no existe sino para manifestarla; y cada una de las cosas que existen, la manifiesta de diferente manera. 

De una manera está en Dios, de otra en Dios hecho hombre, de otra en su Iglesia, de otra en la familia, de otra en el universo; pero está en todo y en cada una de las partes del todo: aquí es un misterio invisible é incomprensible, y allí, sin dejar de ser un misterio, es un fenómeno visible y un hecho palpable.

Al lado del rey, cuyo oficio es reinar con una soberanía independiente, y gobernar con un imperio absoluto, está un senado perpetuo, compuesto de príncipes que tienen de Dios el principado.


Y este senado perpetuo y divino es un senado gobernante; y siendo gobernante, lo es de tal manera, que ni entorpece ni disminuye ni eclipsa la potestad suprema del monarca.

La Iglesia es la sola monarquía que ha conservado intacta la plenitud de su derecho, estando perpetuamente en contacto con una oligarquía potentísima, y es la única oligarquía que, puesta en contacto con un monarca absoluto, no ha estallado en rebeliones y turbulencias.

De la misma manera que en pos del rey van los príncipes, en pos de los príncipes vienen los sacerdotes encargados de un ministerio santísimo.

En esta sociedad prodigiosa todas las cosas suceden al reves de como pasan en todas las asociaciones humanas.

En estas la distancia puesta entre los que están al pié y los que están en la cumbre de la jerarquía social es tan grande, que los primeros se sienten tentados del espíritu de rebelion, y los segundos caen en la tentacion de la tiranía.

En la Iglesia las cosas están ordenadas de tal modo, que ni es posible la tiranía ni son posibles las rebeliones.


Aquí la dignidad del súbdito es tan grande, que la del prelado está en lo que tiene de comun con el súbdito, más bien que en lo especial que tiene como prelado.

La mayor dignidad de los obispos no está en ser príncipes, ni la del pontífice en ser rey; está en que pontífices y obispos son, como sus súbditos, sacerdotes.

Su prerogativa altísima é incomunicable no está en la gobernacion; está en la potestad de hacer al Hijo de Dios esclavo de su voz, en ofrecer el Hijo al Padre en sacrificio incruento por los delitos del mundo, en ser los canales por donde se comunica la gracia, y en el supremo é incomunicable derecho de remitir y de retener los pecados.

La más alta dignidad está en lo que son todos los dignatarios, más bien que en lo que son algunos. No está en el apostolado ni en el pontificado, está en el sacerdocio.

Considerada aisladamente la dignidad pontifical, la Iglesia parece una monarquía absoluta. 


Considerada en sí su constitucion apostólica, parece una oligarquía potentísima. Considerada por una parte la dignidad comun á prelados y sacerdotes, y por otra el hondo abismo que hay entre el sacerdocio y el pueblo, parece una inmensa aristocracia.

Cuando se ponen los ojos en la inmensa muchedumbre de los fieles derramados por el mundo, y se ve que el sacerdocio y el apostolado y el pontificado están á su servicio; que nada se ordena en esta sociedad prodigiosa para los crecimientos de los que mandan, sino para la salvacion de los que obedecen; cuando se considera el dogma consolador de la igualdad esencial de las almas; cuando se recuerda que el Salvador del género humano padeció las afrentas de la cruz por todos y por cada uno de los hombres; cuando se proclama el principio de que el buen pastor debe morir por sus ovejas; cuando se reflexiona que el término de la accion de todos los diferentes ministerios está en la congregacion de los fieles, la Iglesia parece una democracia inmensa, en la gloriosa acepcion de esta palabra, ó por lo ménos, una sociedad instituida para un fin esencialmente popular y democrático. Y lo más singular del caso es que la Iglesia es todo lo que parece.

En las otras sociedades esas varias formas de gobierno son incompatibles entre sí, ó si por acaso se juntan en uno, no se juntan jamas sin que pierdan muchas de sus propiedades esenciales.

La monarquía no puede vivir juntamente con la oligarquía y con la aristocracia, sin que la primera pierda lo que naturalmente tiene de absoluta, y estas lo que tienen de potentes.  

La monarquía, la oligarquía y la aristocracia no pueden vivir con la democracia, sin que esta pierda lo que tiene de absorbente y de exclusiva, como la aristocracia lo que tiene de potente, la oligarquía lo que tiene de invasora, y la monarquía lo que tiene de absoluta; viniendo á convertirse en definitiva su mutua union en su mutuo aniquilamiento.

Solo en la Iglesia, sociedad sobrenatural, caben todos estos gobiernos combinados armónicamente entre sí, sin perder nada de su pureza original y de su grandeza primitiva. 

Esta pacífica combinacion de fuerzas que son entre sí contrarias, y de gobiernos cuyo única ley, humanamente hablando, es la guerra, es el espectáculo más bello en los anales del mundo.

Si el gobierno de la Iglesia pudiera ser definido, podria definírsele diciendo que es una inmensa aristocracia, dirigida por un poder oligárquico, puesto en la mano de un rey absoluto, el cual tiene por oficio darse perpetuamente en holocausto por la salvacion del pueblo.

Esta definicion sería el prodigio de las definiciones, de la misma manera que la cosa en ella definida es el prodigio más grande de la historia."

1 comentario:

  1. Bellísimo texto, oiga. Y no menos donoso que cortés. ¡Gracias!

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